Hace un tiempo asistí a un curso sobre cómo ha de ser la atención a víctimas de violencia de género. En él, se trataban muchas de las cuestiones que pudimos escuchar el pasado domingo en Salvados, en El machismo mata.
Y, aunque hay muchas más que analizar, por supuesto, trabajos como este nos dan un poquitín de esperanza y nos ayudan a conocer mejor el camino a seguir para acabar con la desigualdad.
Me quedo con algo que dijo la magistrada Verdejo: "El problema es que pensamos que es una cuestión exclusivamente de la mujer, pero es un delito público y, si es un delito público, cualquier persona está obligada a denunciar. ¡Fíjate! Si nosotros vamos por la calle y vemos a dos personas que se están pegando, cuál de nosotros no sería o primero de intervenir y ver qué está pasando, o de coger el teléfono y llamar a la policía. Esto no es lo habitual. O el vecino que está escuchando a través del tabique: "Te voy a matar". O está escuchando los golpes. Y es verdad que hay gente que llama, pero la mayoría de la gente, y esto lo dan también los datos del Consejo General del Poder Judicial, no denuncia, no se implica, porque no va con él. Es un tema privado y, por tanto, que ellos se apañen".
Y, así, un "Esto no me lo hagas" se queda en el olvido, hasta que, horas después, aparece un cadáver y, con él, los remordimientos.
Pero, por supuesto, también hay que destacar la idea, el mensaje de esperanza, que lanza Marina: pese a la escalofriante cifra de asesinadas, hay otro dato a reseñar: el que cuantifica por miles a las mujeres que han logrado salir del infierno. Son las supervivientes.
En cualquier caso, el camino es largo y, aunque a veces nos pueda el cansancio, la responsabilidad de erradicar este terrorismo cotidiano nos corresponde a todos.
martes, 9 de febrero de 2016
viernes, 17 de julio de 2015
UN PSICOLOGO EN TU VIDA
Que entendemos por malos tratos psicológicos?
Muchos de vosotros ya sabéis que me preocupa mucho el
mal trato psicológico, porque a veces no se nota y poco a poco va
minando a la persona que lo sufre.
Silvia Congost, psicóloga dice:
“Cualquier persona, bien sea
hombre o mujer, que esté en una relación en la que su pareja le insulta, le
falta el respeto, la denigra, o la humilla, es una persona que sufre maltrato
psicológico”.
El resultado, es que las
personas que sufren este tipo de maltrato se vuelven cada vez mas dependientes
del maltratador que muchas veces, como no es un maltrato físico, ni siquiera el
maltratador se da cuenta de esto.
A veces cuando nos queremos dar
cuenta de que nos están maltratando, ya ha pasado tanto tiempo que nos
encontramos con la incapacidad de volver a ser nosotros mismos.
Un maltratador psicológico, se
apodera de ti poco a poco, no puedes discutir con esa persona de nada, porque
siempre lleva razón y porque cualquier pregunta que hagas, ya la interpreta con
“opción a discusión” lo que lleva gritos, y a veces insultos.
Hay muchas parejas que se
acostumbran a enfadar y dejar de hablarse durante días, que no es mas que otra
forma de maltratar y menospreciar, en vez de aclarar las situaciones y
hablarlas delante de un café, por ejemplo.
No te permiten ser tu mismo, te
van cambiando poco a poco, no repitas esta frase que no me gusta, te queda mal
ese vestido, estas gorda, estas loca….
Los maltratadores psicológicos,
rara vez te piropean por algo que hagas, pero son capaces de llamarte por teléfono
al trabajo para recordarte que “dejaste la luz del baño encendida…como siempre
haces, mi amor”.
Delante de ellos vas dejando de
ser libre y de decir lo que piensas, porque siempre te juzgan lo que dices,
como lo dices, y lo mal que lo haces.
Pero ellos pueden decir lo que
sea.
Conocí a uno, que delante de su
pareja, y varios amigos mas, decía piropos a otras mujeres, mas aun: estando en
un bar pidió un helado de la pasión y le dijo a la camarera…”si fuera contigo
mejor”. Su esposa no abrió la boca, por vergüenza ajena y propia.
El maltratador, te puede tratar
como una reina y llevarte a muchos sitios, siempre que sean los que él ha
elegido o los que no le importa ir. Si quieres ir a Valencia, te dirá que no,
que está lejos, que no es el momento, que no hay dinero…para al segundo
siguiente proponerte en la misma fecha un viaje a Paris, que al maltratador si
le apetece ir.
Y poco a poco, granito a
granito, te vas sintiendo mas pequeño, mas insignificante, con poca fuerza para
decidir o para dirigir algo en tu vida o en tu casa.
Muchos maltratadores dominan la
situación por su poder adquisitivo, son ellos los que compran y los que deciden
que y cuando se compra, si tu dependes de ellos, te “obligan” a pedirles
dinero, nunca dejan el dinero a tu alcance para que dispongas de el en la misma
medida que ellos disponen.
Generalmente el maltratador no
valora a su pareja, no cree que sea su media naranja, parte de la vida que le
ayuda a ser feliz, porque poco a poco ha ido manejando la situación hasta
llegar a la destrucción psíquica del maltratado.
Cuando una pareja admira uno al
otro, y considera que la otra persona es parte de su felicidad y la escucha y
la comprende y la consuela, esa pareja funciona.
Cuando gobierna el menosprecio,
los silencios, los insultos ( siempre merecidos por tu insolencia) uno se hace
grande y el otro pequeño en su autoestima.
Muchas veces, hacemos cosas que
no nos gustan para no discutir, o mantener la relación, pero eso no nos conduce
a nada, porque el maltratador nunca se dará cuenta de lo que tu haces por el y
siempre verá lo que no haces o cree que no haces.
A veces no vemos venir esas
pequeñas cosas, que van creciendo en el ámbito familiar hasta hacernos un daño
irreversible.
Son muchas las personas que
viven estas situaciones, hay muchos maltratadores en el mundo, los gobiernos
con sus leyes que destruyen la autoestima con los despidos y el hambre de los países,
los colegios donde alumnos y
profesores ven un ataque a un niño y ni siquiera se dan cuenta de que está
comenzando un hostigamiento escolar, o en los trabajos donde los jefes te
insultan, pero que puedes ser despedido si tu lo haces, porque el poder va por
encima de los derechos, el maltrato a los hijos, que les gritamos y les
insultamos, sin darnos cuenta que eso lo repetirán ellos de mayores, y el
maltrato en las parejas, que une un poco todas las decepciones, estrés y
acontecimientos adversos en la vida, que repercutimos luego en nuestro ámbito
familiar.
Hace años me reía yo de los
americanos y sus películas donde todos acuden a terapias, hoy creo que todos
debíamos de poner un psicólogo en nuestras vidas.
domingo, 8 de marzo de 2015
8 de marzo de 2015 y aun no estamos para fiestas
El día de la mujer no significa fiesta, sino tiempo para la reflexión, para definir estrategias y para establecer deberes, pues, pese a que en esta jornada se reconoce la labor de cuantas nos precedieron, dejándose la piel en intentar llevar al terreno de lo real el sueño de la igualdad, lo cierto es que la coyuntura actual dista bastante de ser óptima. El legado, cierto, tiene un valor incalculable, pero la labor ha de tener continuidad y esto depende de nosotras, de las que hoy quisiéramos celebrar y aun no podemos, de las que celebran sin saber que la lucha aun no ha terminado y de las que se conforman, de las que no cuestionan o de las que desconocen qué hay detrás de su supuesto "confort" actual. Y es que, lamentablemente, hay miles de conciencias adormecidas en un contexto en el que la desigualdad continúa enquistada.
Es por ello que el día de la mujer, además de ser un reconocimiento a nuestras antepasadas y a su denuedo, ha de servir de acicate para ampliar nuestro campo de análisis e impulsarnos a la batalla, pues, en un mundo globalizado, no se pueden obviar las noticias espeluznantes que nos llegan de otros países, regiones, culturas o religiones; pero tampoco se puede desviar la mirada cuando la desigualdad se apodera de nuestro día a día, de nuestra economía, de nuestra sociedad. Puede incluso que la veamos en nuestra calle, en nuestro portal, en nuestra casa y que, si su magnitud no implica muerte, seamos incapaces de identificarla; pero lo cierto es que está ahí, en cada actitud al servicio del equívoco, que se vale de la reiteración para empequeñecer el ámbito de la palabra derecho hasta que confundimos lo que moralmente nos pertenece con una concesión o un privilegio.
A día de hoy, insisto, no toca festejar, sino batallar, reclamar, conquistar y aniquilar cuantas consignas, aparentemente inocuas, nos sumergen en la desigualdad. Su tibieza y la repetición son, a fin de cuentas, las estrategias que la llevan al éxito: a nuestro bautismo y a nuestra comunión con una coyuntura perversamente machista que, de no reconocer y de no enfrentar, acabaremos por asumir, alimentar y perpetuar.
A modo de recordatorio: http://www.huffingtonpost.es/2015/03/08/29-razones-dia-de-la-muje_n_6807226.html
miércoles, 14 de mayo de 2014
Sobre la moción murciana relativa al embarazo en adolescentes
Hace unos días saltó la polémica al darse a conocer que, gracias a su mayoría absoluta en el Parlamento Regional, el PP de Murcia había logrado sacar adelante una moción a partir de la que se incluye a las embarazadas y a las madres jóvenes en los casos previstos para recibir educación a distancia. Hasta ahí, poco que objetar, dado que esta medida favorece que cualquier joven pueda conjugar la maternidad con sus estudios.
Se habla, en dicho documento, de la posibilidad de embarazos de riesgo, algo factible; y también parece ser que se contempla qué conlleva ser madre (aunque, en una primera búsqueda, no pude encontrar el documento original de dicha moción).
Teniendo en cuenta lo que implica la maternidad, en el caso de las mujeres trabajadoras se dispone en España de una baja por maternidad de 16 semanas (un periodo claramente inferior al establecido en otros países europeos). Sin embargo, quienes desempeñan su labor de forma autónoma han de tener en cuenta todos los condicionantes e informarse en cuanto a la percepción de prestaciones. Lo mismo ocurre en el caso de las víctimas de violencia de género, para las que se han previsto otras cuestiones.
Por tanto, no está de más que, a mayores, se establezcan ayudas para las adolescentes a fin de que puedan llevar a término su embarazo y disfrutar de su maternidad sin renunciar a su educación.
Atendiendo a lo que se hace en otras zonas del continente, la moción debería, en cualquier caso, ser más ambiciosa y dirigirse a garantizar una ampliación de los derechos de la madre y de su bebé, garantizando una protección económica de los mismos y la conciliación de la vida familiar y laboral/formativa.
De todos modos, podríamos incluso pensar que, con su moción, el PP de Murcia quiso dar un pasito en la lucha por los derechos de la mujer al querer incluir a las embarazadas adolescentes y a las madres jóvenes en los casos previstos para recibir educación a distancia. Podríamos hacerlo si no fuese porque ese pequeño avance que presumían perseguir se vio emponzoñado cuando se agregó que esta medida contribuiría a evitarles "la vergüenza de tener que ir a clase en ese estado".
Resulta indignante que, en pleno siglo XXI, en el que la maternidad parece haberse convertido en un privilegio de aquellos que económicamente sí pueden hacerle frente, haya un partido político que, pese a declararse pro vida, considere que el embarazo puede ser en algún caso calificado como una vergüenza.
Cierto es que es posible que una adolescente sea objeto de maledicencias, pues frecuentemente nos encontramos con casos de acoso en las aulas y en cualquier otro lugar. Cierto es que el cobarde que, para esconder sus fragilidades, denigra a otros aprovechará cualquier resquicio para reírse de sus congéneres. Cierto es, sí. Pero decir que, al favorecer que una embarazada disfrute de una educación a distancia, se están sentando las bases de una estrategia preventiva de dichas posibles, que no probadas, burlas es una política de mínimos.
Si dicha adolescente es objeto de escarnio, no es ella la que tiene un problema, dado que el embarazo en sí no es un problema, aunque sí puede llegar a serlo cualquier complicación aparejada al mismo o las condiciones socioeconómicas que deba afrontar la madre.
El problema en todo caso es de quienes impiden el desarrollo de una sociedad avanzada, al proteger a quienes se quedan anclados en el pasado y permiten que se profieran dicho tipo de menosprecios. Al igual que el problema es de aquellos que en la calle son políticamente correctos y en círculos íntimos descalifican o se muestran prejuiciosos.
Lo realmente vergonzante, por tanto, es que, en pleno siglo XXI, haya quien eduque a nuestro futuro en la competitividad y justifique su agresividad verbal, para defender su ignorancia y hacer prevalecer su posición de modo violento, en lugar de dejar en él la impronta de valores como la igualdad, la empatía o la tolerancia.
Ningún embarazo, ni adolescente, ni en solitario, puede ser jamás objeto de crítica, puesto que cualquier sociedad precisa de la natalidad y esta, sean cuales sean las circunstancias en las que se produzca, ha de ser apoyada económicamente por los gobiernos, dado que con cada nacimiento hasta el capitalista más inhumano sabe que se está generando un activo para el futuro.
Por tanto, la moción presentada por el PP, en su parte tolerable, es de mínimos; pero, además, agrede a la mujer y a la capacidad que la diferencia: la de ser madre, al considerar que esta puede ser un motivo para sentir vergüenza en lugar de algo a celebrar, a afrontar desde la responsabilidad y a apoyar desde las instituciones públicas, a las que compete defender los derechos de la mujer y de cualquier individuo.
Ante dicha moción, los socialistas subrayaron que las situaciones de riesgo están perfectamente contempladas y reguladas, por lo que afirmaron que carecía de sentido modificar la ley; algo que también es cómodo y objetable. Y, en su respuesta, el PP de Murcia arguyó:
Las conclusiones, en todo caso, son libres.
Se habla, en dicho documento, de la posibilidad de embarazos de riesgo, algo factible; y también parece ser que se contempla qué conlleva ser madre (aunque, en una primera búsqueda, no pude encontrar el documento original de dicha moción).
Teniendo en cuenta lo que implica la maternidad, en el caso de las mujeres trabajadoras se dispone en España de una baja por maternidad de 16 semanas (un periodo claramente inferior al establecido en otros países europeos). Sin embargo, quienes desempeñan su labor de forma autónoma han de tener en cuenta todos los condicionantes e informarse en cuanto a la percepción de prestaciones. Lo mismo ocurre en el caso de las víctimas de violencia de género, para las que se han previsto otras cuestiones.
Por tanto, no está de más que, a mayores, se establezcan ayudas para las adolescentes a fin de que puedan llevar a término su embarazo y disfrutar de su maternidad sin renunciar a su educación.
Atendiendo a lo que se hace en otras zonas del continente, la moción debería, en cualquier caso, ser más ambiciosa y dirigirse a garantizar una ampliación de los derechos de la madre y de su bebé, garantizando una protección económica de los mismos y la conciliación de la vida familiar y laboral/formativa.
De todos modos, podríamos incluso pensar que, con su moción, el PP de Murcia quiso dar un pasito en la lucha por los derechos de la mujer al querer incluir a las embarazadas adolescentes y a las madres jóvenes en los casos previstos para recibir educación a distancia. Podríamos hacerlo si no fuese porque ese pequeño avance que presumían perseguir se vio emponzoñado cuando se agregó que esta medida contribuiría a evitarles "la vergüenza de tener que ir a clase en ese estado".
Resulta indignante que, en pleno siglo XXI, en el que la maternidad parece haberse convertido en un privilegio de aquellos que económicamente sí pueden hacerle frente, haya un partido político que, pese a declararse pro vida, considere que el embarazo puede ser en algún caso calificado como una vergüenza.
Cierto es que es posible que una adolescente sea objeto de maledicencias, pues frecuentemente nos encontramos con casos de acoso en las aulas y en cualquier otro lugar. Cierto es que el cobarde que, para esconder sus fragilidades, denigra a otros aprovechará cualquier resquicio para reírse de sus congéneres. Cierto es, sí. Pero decir que, al favorecer que una embarazada disfrute de una educación a distancia, se están sentando las bases de una estrategia preventiva de dichas posibles, que no probadas, burlas es una política de mínimos.
Si dicha adolescente es objeto de escarnio, no es ella la que tiene un problema, dado que el embarazo en sí no es un problema, aunque sí puede llegar a serlo cualquier complicación aparejada al mismo o las condiciones socioeconómicas que deba afrontar la madre.
El problema en todo caso es de quienes impiden el desarrollo de una sociedad avanzada, al proteger a quienes se quedan anclados en el pasado y permiten que se profieran dicho tipo de menosprecios. Al igual que el problema es de aquellos que en la calle son políticamente correctos y en círculos íntimos descalifican o se muestran prejuiciosos.
Lo realmente vergonzante, por tanto, es que, en pleno siglo XXI, haya quien eduque a nuestro futuro en la competitividad y justifique su agresividad verbal, para defender su ignorancia y hacer prevalecer su posición de modo violento, en lugar de dejar en él la impronta de valores como la igualdad, la empatía o la tolerancia.
Ningún embarazo, ni adolescente, ni en solitario, puede ser jamás objeto de crítica, puesto que cualquier sociedad precisa de la natalidad y esta, sean cuales sean las circunstancias en las que se produzca, ha de ser apoyada económicamente por los gobiernos, dado que con cada nacimiento hasta el capitalista más inhumano sabe que se está generando un activo para el futuro.
Por tanto, la moción presentada por el PP, en su parte tolerable, es de mínimos; pero, además, agrede a la mujer y a la capacidad que la diferencia: la de ser madre, al considerar que esta puede ser un motivo para sentir vergüenza en lugar de algo a celebrar, a afrontar desde la responsabilidad y a apoyar desde las instituciones públicas, a las que compete defender los derechos de la mujer y de cualquier individuo.
Ante dicha moción, los socialistas subrayaron que las situaciones de riesgo están perfectamente contempladas y reguladas, por lo que afirmaron que carecía de sentido modificar la ley; algo que también es cómodo y objetable. Y, en su respuesta, el PP de Murcia arguyó:
Las conclusiones, en todo caso, son libres.
domingo, 13 de abril de 2014
Las cifras de la vergüenza
De nuevo nos dicen que el número de denuncias por violencia de género ha decrecido. Se trata de un dato que bien pudiera ser positivo si se correspondiese con un decrecimiento proporcional del número diario de personas que la sufren. Pero los otros datos, los de las muertes, nos dan cifras todavía más alarmantes que las que nos sonrojaron en años precedentes. Tanto es así que desde 2004 no se registraban cifras tan trágicas en un inicio de año como las cuantificadas en el primer trimestre de 2014. Así, mientras que en 2013 morían 54 mujeres a manos de sus parejas, en los tres primeros meses de este año el número de asesinadas ascendía ya a 21. No obstante, el número de denuncias que se situó en 342 diarias, según las estadísticas, ha descendido. En 2013, este decreció en un 2,8 por ciento; pero como se puede comprobar atendiendo a los otros datos, solo once de las 54 asesinadas en 2013 había presentado denuncia; al igual que solo seis de las 21 asesinadas hasta la fecha en 2014 había hecho lo esperable. Pero, pese a que España fue pionera hace diez años en la implantación de una Ley contra la Violencia de Género, lo cierto es que las víctimas de esta lacra son también víctimas de un sistema que se escuda en la crisis para restar eficacia a la lucha y ello hace que la sensación de desprotección sea atroz. Desde la aprobación de dicha ley, que actualmente se está revisando, se han producido en España 658 asesinatos, pero es que, además, el Ministerio del Interior estimó el pasado febrero que, en un país en el que en 2013 residían 23.933.397 mujeres, un total de 15.499 están en riesgo de sufrir violencia de género.
Es por ello que no solo es preciso revisar la norma, que según se avanza mejorará, entre otras cuestiones, el protocolo para determinar si la denunciante está en riesgo de sufrir nuevas agresiones y otorgará mayor poder a los juzgados, sino que también es urgente proveer de recursos suficientes a todos los agentes que intervienen en este tipo de procesos, a fin de garantizar la protección integral de la víctima y de las personas a su cargo. De lo contrario, seguirá incrementándose el número de personas que renuncian a seguir adelante con el proceso, un número que en 2013 se situó en 15.300 personas, lo que equivale al 12, 25 por ciento de los iniciados. No hay que olvidar, en este sentido, el hecho de que dada la actual situación, que dificulta todavía más el acceso al mercado laboral, hay quienes prefieren mantener una situación que, en cierto modo, consideran controlada a poner en riesgo la manutención de sus hijos. Y este miedo es también algo a atajar.
Es menester, además, hacer examen de conciencia cuando se alude a situaciones controladas, dado que buena parte de las víctimas ha crecido en entornos a partir de los que han ido interiorizando que los comportamientos de sumisión son los adecuados para evitar enojos y para garantizar la buena marcha de una relación. De hecho, a día de hoy todavía hay quienes responsabilizan principalmente a la mujer del bienestar de una pareja, animándola a reproducir acciones que nos escandalizan cuando las vemos plasmadas en papel pero que, a fin de cuentas, secundamos con frases hechas y con nuestro propio comportamiento. De este modo, la víctima llega a cuestionarse y, rota su autoestima, busca hallar en sí misma y en sus errores las claves que la han llevado a la situación de terror en la que vive.
A ello contribuyen las rémoras que arrastramos de una época en la que la mujer necesitaba de la autorización del marido para casi todo. Una época en la que, además, el matrimonio y la maternidad eran las únicas metas a las que aspirar y, por tanto, las únicas a proteger. No obstante, de ese germen de desigualdad surgió una generación nueva, una generación que clamó por la equiparación de derechos y obligaciones y por el compañerismo. El compromiso era, pues real, puesto que se creía en el amor mientras durase, en lugar de en un "hasta que la muerte nos separe". Pero, pese a lo ilusionantes que se presentaban los ochenta y a la insistencia en la educación en el respeto y en la igualdad, lo cierto es que a día de hoy manejamos otros datos que, sumados a los ya mencionados, resultan realmente desesperanzadores: se ha incrementado en un 4,8 por ciento el número de menores denunciados por violencia de género y se decretaron medidas contra 133 de los 151 encausados. Un vistazo por las redes sociales permite ver cómo los seres humanos se denigran entre sí y cómo dichas actitudes son socialmente aceptadas.
Algo, por tanto, seguimos haciendo mal.
En todo caso, en los órganos competentes en el ámbito de la violencia de género (Juzgados de Violencia sobre la Mujer, Juzgados de lo Penal y Audiencias Provinciales) se dictaron en 2013 un total de 47.144 sentencias, de las que un 60 por ciento fueron condenatorias y esta cifra también merece un análisis. Puede ser que haya casos en los que un culpable haya sido exonerado por falta de pruebas, pero también es cierto que hay quienes presentan denuncias falsas. Y esta es otra de las cuestiones que deben avergonzar a una sociedad que aspira a avanzar, pues esta irresponsabilidad no daña solo al culpado que, pese a la absolución, siempre quedará en entredicho, sino que dificulta la lucha contra la violencia de género real. Ante el descrédito propiciado por los comportamientos de quienes decían ser víctimas, las que sí sufren esta lacra son nuevamente agredidas por un sistema que les exige demostrar con contundencia un sufrimiento que ni ellas mismas quieren reconocer que padecen. No en vano, no todas las denuncias proceden de ellas, sino que en muchos casos son presentadas a partir de la intervención directa de la Policía (un 14,6 por ciento del total) o a partir de partes de lesiones (el 11,5 por ciento), según datos del Observatorio de la Violencia Doméstica y de Género, adscrito al Consejo General de Poder Judicial, relativos a 2013.
La lucha, por tanto, ha de centrarse tanto en la educación global como en la dotación de recursos para proteger, amparar y castigar; y, por supuesto, también en la persecución de quienes se valen del sistema para sus propios fines, denunciando crímenes cobardes de los que no han sido objeto, puesto que, pese a la reducción del número de denuncias, el terror cotidiano en el hogar sigue siendo un hecho en demasiados hogares.
Es por ello que no solo es preciso revisar la norma, que según se avanza mejorará, entre otras cuestiones, el protocolo para determinar si la denunciante está en riesgo de sufrir nuevas agresiones y otorgará mayor poder a los juzgados, sino que también es urgente proveer de recursos suficientes a todos los agentes que intervienen en este tipo de procesos, a fin de garantizar la protección integral de la víctima y de las personas a su cargo. De lo contrario, seguirá incrementándose el número de personas que renuncian a seguir adelante con el proceso, un número que en 2013 se situó en 15.300 personas, lo que equivale al 12, 25 por ciento de los iniciados. No hay que olvidar, en este sentido, el hecho de que dada la actual situación, que dificulta todavía más el acceso al mercado laboral, hay quienes prefieren mantener una situación que, en cierto modo, consideran controlada a poner en riesgo la manutención de sus hijos. Y este miedo es también algo a atajar.
Es menester, además, hacer examen de conciencia cuando se alude a situaciones controladas, dado que buena parte de las víctimas ha crecido en entornos a partir de los que han ido interiorizando que los comportamientos de sumisión son los adecuados para evitar enojos y para garantizar la buena marcha de una relación. De hecho, a día de hoy todavía hay quienes responsabilizan principalmente a la mujer del bienestar de una pareja, animándola a reproducir acciones que nos escandalizan cuando las vemos plasmadas en papel pero que, a fin de cuentas, secundamos con frases hechas y con nuestro propio comportamiento. De este modo, la víctima llega a cuestionarse y, rota su autoestima, busca hallar en sí misma y en sus errores las claves que la han llevado a la situación de terror en la que vive.
A ello contribuyen las rémoras que arrastramos de una época en la que la mujer necesitaba de la autorización del marido para casi todo. Una época en la que, además, el matrimonio y la maternidad eran las únicas metas a las que aspirar y, por tanto, las únicas a proteger. No obstante, de ese germen de desigualdad surgió una generación nueva, una generación que clamó por la equiparación de derechos y obligaciones y por el compañerismo. El compromiso era, pues real, puesto que se creía en el amor mientras durase, en lugar de en un "hasta que la muerte nos separe". Pero, pese a lo ilusionantes que se presentaban los ochenta y a la insistencia en la educación en el respeto y en la igualdad, lo cierto es que a día de hoy manejamos otros datos que, sumados a los ya mencionados, resultan realmente desesperanzadores: se ha incrementado en un 4,8 por ciento el número de menores denunciados por violencia de género y se decretaron medidas contra 133 de los 151 encausados. Un vistazo por las redes sociales permite ver cómo los seres humanos se denigran entre sí y cómo dichas actitudes son socialmente aceptadas.
Algo, por tanto, seguimos haciendo mal.
En todo caso, en los órganos competentes en el ámbito de la violencia de género (Juzgados de Violencia sobre la Mujer, Juzgados de lo Penal y Audiencias Provinciales) se dictaron en 2013 un total de 47.144 sentencias, de las que un 60 por ciento fueron condenatorias y esta cifra también merece un análisis. Puede ser que haya casos en los que un culpable haya sido exonerado por falta de pruebas, pero también es cierto que hay quienes presentan denuncias falsas. Y esta es otra de las cuestiones que deben avergonzar a una sociedad que aspira a avanzar, pues esta irresponsabilidad no daña solo al culpado que, pese a la absolución, siempre quedará en entredicho, sino que dificulta la lucha contra la violencia de género real. Ante el descrédito propiciado por los comportamientos de quienes decían ser víctimas, las que sí sufren esta lacra son nuevamente agredidas por un sistema que les exige demostrar con contundencia un sufrimiento que ni ellas mismas quieren reconocer que padecen. No en vano, no todas las denuncias proceden de ellas, sino que en muchos casos son presentadas a partir de la intervención directa de la Policía (un 14,6 por ciento del total) o a partir de partes de lesiones (el 11,5 por ciento), según datos del Observatorio de la Violencia Doméstica y de Género, adscrito al Consejo General de Poder Judicial, relativos a 2013.
La lucha, por tanto, ha de centrarse tanto en la educación global como en la dotación de recursos para proteger, amparar y castigar; y, por supuesto, también en la persecución de quienes se valen del sistema para sus propios fines, denunciando crímenes cobardes de los que no han sido objeto, puesto que, pese a la reducción del número de denuncias, el terror cotidiano en el hogar sigue siendo un hecho en demasiados hogares.
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