jueves, 16 de octubre de 2008

Hablando de igualdad y espárragos fritos

Me llamo Elisa. Mi esposo (aunque nunca nos casamos) se llama Francisco. Vivimos en un pueblito que se llama Escobedo, en el valle de San Antonio. Casi en medio de la nada.

Francisco me robó a los 15 años. Al menos así se le ha dicho siempre en mi pueblo cuando una mujer se va con el hombre, y por falta de mejor lugar, se echa detrás de un mezquite o un huisache achaparrado y viendo al cielo se abre de piernas mientras cierra los ojos y reza un Ave María, llenándose la ropa y las nalgas de tierra y piedritas y con el hombre encima con los pantalones echos bola a media pierna.

Y esa es la ceremonia de matrimonio, como música de celebración el aullido de los coyotes, si es que una tiene suerte, porque a veces ni eso se oye. De testigos tenemos a los grillos y al Dios ese del que me platican, porque dicen que todo lo ve. Con eso basta para tener dueño toda la vida.

Francisco tenía dos años más que yo cuando me revolcó por primera vez y me hizo un hijo. Después que parí el segundo, en la clínica me dijeron que había formas de cuidarme para no embarazarme otra vez, porque aquí todos saben cómo se oye el llanto de un niño cuando el hambre le retuerce las tripas.

Hace unos años llegó una empresa y nos dio trabajo a muchos. Son largas horas las que estamos allí metidos, pero no nos falta qué comer ni leña para la estufa cuando llega el invierno, porque ése no perdona. Se te mete en los huesos y te aprieta el pecho sin miramientos ni piedad.

Aquí la gente, cuando hay qué hacer, es muy trabajadora. Antes de que llegara la empresa, yo nada más estaba en la casa, limpiando, lavando ropa, cocinando y cuidando a los niños. Paco trabajaba por temporadas en la pizca de manzana, los cortes de cilantro o la cosecha de papas.

Ahora que trabajamos los dos en la empresa mi mamá cuida a los niños durante el día. Apenas los veo. En la mañana que me levanto para hacer de desayunar es muy temprano para ellos y en la noche que hago la cena para Paco y el almuerzo para el siguiente día, ya están dormidos. Los domingos lavo la ropa de la semana y poco me queda de tiempo y energía para jugar con ellos un rato.

Cuando llegamos del trabajo a la casa, Paco llega al sillón a ver la tele y a repelar de lo cansado que está por las largas jornadas en el trabajo. Le sirvo de cenar y luego se duerme mientras yo sigo ordenando un poco la casa y terminando de preparar la comida para el siguiente día.

A veces quisiera llorar de desesperación cuando oigo a mi marido quejarse de lo cansado que está, siendo que yo he trabajado las mismas horas que él y aparte llego a la casa a seguir trajinando.

En el comedor de la empresa, a la hora del almuerzo, cuando tengo que calentarle y servirle la comida me dan unas ganas casi incontenibles de aventársela en la cabeza. De paso me evito comentarios entre labios de lo fría o desabrida que está.

Los domingos que quiero dormir más o estar con mis hijos pero estoy lavando con mis manos lastimadas del trabajo de la semana, apenas puedo evitar echarle el agua hirviendo con jabón en la cara allí donde él sigue dormido.

Ayer cumplí 23 años. Sin quejarme en voz alta, lo hago. Constantemente, lo hago. Pero en mi cabeza nada más, por que aquí nos enseñan a no quejarnos, menos cuando nos toca un buen marido. Uno trabajador que no golpea ni anda de borracho y mujeriego, aunque de eso nunca he estado muy segura.

Me pregunto si así va a ser el resto de mi vida. Me preguntó cuánto va a durar este resto porque yo ya estoy cansada.

Es culpa de la ingeniera que vino de fuera y me metió ideas en la cabeza. Es que ella no sabe que aquí nadie conoce la palabra igualdad, que eso no existe.

9 comentarios:

anselmo dijo...

En todos lados cuecen habas. Desde luego me siento identificado pero en la peor parte. Yo ayudo, aunque soy consciente que ella lleva la casa y me dejo llevar la por la comodidad. Eso si, ella me pone las pilas bien...y bien que hace.
Lo de ese trabajo de tantas horas es horrible. Ojala cambie la situación.

Markesa Merteuil dijo...

Es justo eso lo que vivieron muchas mujeres octogenarias en España, aunque a algunas les parezca que hablamos de ciencia ficción (eso sí, si analizamos su vida marital con seriedad vemos muchas cosas que creemos que no aceptaríamos, pero que una vez dentro de la situación creemos hasta normales). Mujeres que nos dicen lo buenos que son nuestros hombres y que no entienden por qué les exigimos cooperar, cuando ellos bastante tienen con lo suyo.

En el post no se habla de violencia de género propiamente dicha, pero... sí de violencia social, que sostiene el sometimiento como base bondadosa de la sociedad patriarcal.

Y la propia protagonista lamenta que fue la evolución social (la que le da el pan), la que le metió "malas" ideas en la cabeza.

Y es la propia protagonista la que alude a la violencia cuando dice que le echaría agua hirviendo para despertarle, porque sólo entiende el lenguaje de la violencia como lenguaje efectivo.

Este texto puede derivar en un gran debate, creo yo.

Quien genera violencia sólo piensa en clave de violencia y quien recibe violencia sólo cree en la efectividad de un contraataque violento... Es así de triste. De ahí nuestra lucha, para que la pescadilla deje de morderse la cola.

DianNa_ dijo...

Bueno, quizás algo "desfasado" para la realidad de algunas, pero no tanto.

Esos casos los veo y vivo a diario... ellos al bar o a la tele y ellas, casa,niños, compra... etc. y trabajando los dos.

Maltrato, machismo, discriminación... me da igual el nombre y en "ellas" sumisión, aceptándolo porque "es lo que hay".

No creáis que vivo en una aldea remota de la España profunda, vivo en Mallorca.

Buen "relato" , espero que las cosas vayan cambiando, lo deseo de corazón.

Saludos, Silvia

Veca dijo...

Ay Caracol, como te dije la primera vez que lo leí, es un relato triste. Triste porque aunque parece el argumento de una película, es una historia real. En España todavía muchas historias así, la educación es la mejor arma contra la ignorancia.

kary dijo...

si que es triste esta historia, pero yo creo que es la vida misma, y siempre ha pasado, está pasando y espero que no pase con la siguiente generación.
Hoy en día sigue pasando, trabajando el matrimonio es siempre ella quien lleva la casa, la compra,etc,etc. Así que hacemos pues buscamos a una señora que nos ordene la casa y le pagamos parte de nuestro sueldo o lo hacemos nosotra, ellos como mucho limpian el polvo y van a Mercadona.
Besos

Dorn dijo...

pues creo que así sucede todo, por pasos, el primero es "cansarse" el segundo es "darse cuenta del motivo" el tercero es "hablarlo" y el cuarto "tomar decisiones" buenas o malas, va en proceso...

Para que haya un tirano, debe haber un dejado.

Agata dijo...

Joder Caracol.Tú eres esa ingeniera linda...
Muchos no piensan que lo que vive Elisa es un maltrato en sí.Le dicen que tiene suerte de tener un marido trabajador,que no le pega y que no es mujeriego.Qué gracia.Lo que tiene una que aguantar.Creía que Elisa tendría cincuenta o más.Y cuando veo que tiene 23...Es una cría.Madre.

BIPOLAR dijo...

23 años y ya se siente una anciana... Una niña sin futuro. ¿Quién quiere vivir así?

Esta historia le sucede a muchas mujeres de hoy en día de nuestro país.

Yo lo llamo la "foca monje del sofá", hacia la derecha hacia la izquierda, al final hay que sacar el genio para repartir el trabajo.

Monica Alvarez dijo...

Una vida de mierda,que no se envidia.ara bailar tango se necesitan dos.Uno hace y otro permite.Líbreme Dios.Afortunadamente nunca fui sumisa.
Saludos