lunes, 5 de mayo de 2008

Yo, sirena en un tejado



Me enamoré de un deshollinador que utilizaba lágrimas de sirenas para limpiar chimeneas. La noche que lo conocí, me subió a lo alto de uno de sus tejados. “Para que veas las estrellas más cerca del cielo”, me dijo. Después, guardando el equilibrio para no caerme, me amó como nunca nadie lo había hecho, tan lejos del suelo que conocía que preferí quedarme flotando en aquella nube de tejas resbaladizas.
El deshollinador me confesó que, durante el día, subía hasta lo más alto de las azoteas y limpiaba con mimo las chimeneas castigadas por el uso del último dueño, entrando y saliendo de ellas como si les hiciera el amor, siempre con su cara tiznada de negro. Y por la noche hacía lo mismo, pero esta vez desde el suelo, buscando mujeres de mares poco profundos, como yo, para limpiarlas de amarguras y avivar de nuevo las llamas de su hoguera.
Yo, hasta entonces, desde que decidí casarme, sólo había sido sirena para mi marido, el gran capitán de barco que un día surcó los mares en busca de mi canto. “Hasta que la muerte nos separe”, le juré comprometiéndome con ello a que mis piernas quedarían selladas para no caminar, jamás, hacia los brazos de otro hombre.
Pero, quizás, esa muerte, la que nos separaba y daba fin a nuestro amor, llegó antes de lo esperado. Mi capitán y yo luchábamos cada día para que nuestro barco no fuese a la deriva. El deshollinador apareció justo en ese preciso momento, en plena agonía. Sentí la soledad de las sirenas al lado de mi marido y busqué a alguien que rellenara esos vacios que él fue dejando.
Tal vez, por eso, consentí que el dulce sabor de aquel nuevo hombre que se cruzaba en mi vida, de sus palabras y de su forma de amarme, me hiciese reconvertirme en sirena sólo para él. Porque las sirenas, aunque nos empeñemos, nunca dejamos de serlo. Creemos convertirnos en mujeres al ver que nuestras piernas de nuevo se mueven. Amando, pero sin saber amarnos. Y así, cambiamos de brazos, pero las piernas quedan atrapadas otra vez en una funda de remordimientos.
Aquella primera vez que el deshollinador me hizo el amor en lo alto de su de tejado, él penetró tan dentro de mí que un torbellino de fuego explotó recorriéndome entera y resquebrajando mi alma en dos partes iguales: la una, para quererle; la otra, para llorarle. Después, mi deshollinador, como si limpiara las paredes que bajaban hasta mi chimenea oxidada, lamió una gota de sudor que descendía hasta mi vientre.
―Te quiero sólo para mí ―me dijo entonces―, sin otras manos que te acaricien.
Desnuda de miedos, miré mi imagen reflejada en la llama que encendía sus ojos.
―Entonces, seré sirena sólo para ti ―contesté abrazándolo.
Desapareció por la mañana sin ni tan siquiera besarme. Cuando abrí los ojos, su olor a leña recién cortada era lo único que impregnaba el aire. A lo lejos, entre las chimeneas de otras azoteas también solitarias, el blanco de unas sábanas tendidas se dejaba mecer por el viento. Comprendí, entonces, que los sueños del deshollinador no eran únicamente míos y mi nube de tejas resbaladizas se convirtió en tormenta. En aquel instante, antes de que el diluvio enturbiara las aguas, quise volver a los brazos de mi gran capitán. Pero ya era tarde. Nuestro barco había encallado y él naufragaba en otros mares. Ya no era sirena de mar, sino sirena en un tejado solitario de donde no podía bajarme. Comenzó a llover. El techo se derrumbó y quedé atrapada bajo los escombros de mi propia ingenuidad.
Esperé la vuelta de mi deshollinador, por miedo a quedarme sola. Cada día, abrazada a los rescoldos de su ausencia, reinventaba los minutos que había pasado con él y me dejaba acariciar por mis manos que creía las suyas, hundiéndolas hasta buscarlo muy dentro de mí, avivando mi chimenea con el aire fuerte de mis gemidos. Me bañaba en su rostro tiznado de negro, en sus ojos, en su piel emigrada. Después, el placer, intenso, reinventado por su recuerdo, explotaba a golpe de contradicciones hasta morir en llanto.
Y yo que me acababa.
Esperando su regreso, empecé a guardar mis lágrimas en un tarro de cristal, para que supiera que lo amaba, una por una, dejando sólo un reguero de sal sobre mis mejillas. Y él volvió. Lo hizo cuando el frasco empezó a estar lleno, como si necesitase de mis sollozos para poder amarme. Le besé con furia, mordiéndole los labios, esa carne que había esperado hasta volverme loca. Después, me aparté de él, con aquel tarro lleno de lágrimas entre mis mano.
―¿Por qué hueles a otros mares lejanos? ―pregunté con odio.
―Porque en otros mares lejanos también hay chimeneas que limpiar.
Lloré entonces como una lluvia de ira, con más rabia que nunca, mientras me abrazaba a su cuerpo y empezaba a quitarle de la espalda las escamas incrustadas de otras mujeres de piernas selladas.
―Mi sirena ―decía él―, mi sirena…
Aquel día, volvió a subirme a los tejados del placer, con mis lágrimas aún brotando. Me quitó la funda que embalsamaba mis piernas y lamió las paredes de mi chimenea despacio, llegando a cada uno de los recovecos inexplorados por nadie, subiendo y bajando mientras bebía de mi rojo placer. No sé por cuánto tiempo permaneció allí, arrancando a jirones mi alma. Después, traspasó mi fuego sin caricias, descascarillando mis muros esmaltados hasta supurarme placer, desde muy dentro hacia mi hoguera y de nuevo hacia mi interior, acabando en una explosión que nos mantuvo unidos durante unos segundos.
Asumí que esos pocos segundos era lo único que me pertenecía de él y me acostumbré a sus idas y venidas, cada vez menos frecuentes. Hoy, como todos los días, continúo esperando a que aparezca en cualquier momento por alguna de esas azoteas de tejas resbaladizas, con este tarro de cristal entre mis manos, mientras muero a trompicones de ausencias.

4 comentarios:

La Rosa Linda dijo...

Rescaté este texto de Javi Esteban. Quería compartirlo.

Markesa Merteuil dijo...

Supurar placer... exacto... como si se tratase de algo purulento.

Lo más interesante es ése saberse sirena, saberse atada, por ella misma, porque es así como cree que ha de entenderse el amor.

Y cuando se aleja, lo hace para volver a atarse, aunque su mástil quiera volar.

Somos nosotros mismos quienes mancillamos los placeres cuando los entendemos sólo desde la posesión.

irene dijo...

Tenemos que aprender en primer lugar a amarnos y valorarnos a nosotras mismas, no deberíamos admitir la ley del embudo, pero si soportamos estos amores intermitentes, no podemos culpar a nadie, sólo nosotras somos culpables.
Al fian y al cabo, este deshollinador no era malo, sólo repartía su amor entre muchas sirenas...

Mariana Alvez Guerra dijo...

Tu blog espectacular, continua asi, te invito a visitar el mio.

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